14 de abril de 2009

¿Qué es un clásico?

¿Qué es un clásico?
Una obra que sobrevive al paso del tiempo, que pregunta y contesta y es capaz de leernos a nosotros; lo más cercano y lo más desconocido. Leer un clásico es una experiencia única, puede cambiar nuestra vida.

4 comentarios:

ExPedro Pablo dijo...

Muy bonito el post, muy romántico jeje, los clásicos son grandes obras, que nadie lee pero que todos comentan, hay una reseña a los grandes clásicos y obras maestras de la literatura en un libro que se llama Gog de Giovani Pappini, adjunto aquí el capítulo espero lo lean y me digan que les parece, si por lo menos descubren algún clásico de vuestro agrado dentro de las descripciones allí encontradas.

LAS OBRAS MAESTRAS DE LA LITERATURA
Cuba, 7 noviembre
Tenía necesidad, para ciertos propósitos míos, de conocer lo que los profesores de los colléges
llaman las «obras maestras de la literatura». Di a un laureado bibliotecario, que me aseguraron
que era un conocedor perfecto de ellas, la orden de prepararme una lista, lo más restringida
posible, de obras, y de procurármelas en las mejores condiciones. Apenas me hallé en
posesión de estos tesoros, no permití la entrada a nadie, y ya no me levanté de la cama.
Las primeras se me antojaron malas y me pareció increíble que tales humbugs fuesen
verdaderamente los productos de primera calidad del espíritu humano. Aquello que no
comprendía me parecía inútil; lo que comprendía no me gustaba o me ofendía. Género
absurdo, aburrido; tal vez insignificante o nauseabundo. Relatos que si eran verdaderos me
parecían inverosímiles, y si inventados, insulsos. Escribí a un profesor célebre de la
Universidad de W. para preguntarle si aquella lista estaba bien hecha. Me contestó que sí y
me dio algunas indicaciones. Tuve valor para leer aquellos libros, todos, menos tres o cuatro
que no pude soportar desde las primeras páginas.
Huestes de hombres, llamados héroes, que se despanzurraban durante diez años seguidos bajo
las murallas de una pequeña ciudad, por culpa de una vieja seducida; el viaje de un vivo en el
embudo de los muertos como pretexto para hablar mal de los muertos y de los vivos; un loco
hético y un loco gordo que van por el mundo en busca de palizas; un guerrero que pierde la
razón por una mujer y se divierte en desbarbar las encinas de las selvas; un villano cuyo padre
ha sido asesinado y que, para vengarle, hace morir a una muchacha que le ama y a otros
variados personajes; un diablo cojo que levanta los tejados de todas las casas para exhibir sus
vergüenzas; las aventuras de un hombre de mediana estatura que hace el gigante entre los
pigmeos y el enano entre los gigantes, siempre de un modo inoportuno y ridículo; la odisea de
un idiota que a través de una serie de bufas desventuras sostiene que este mundo es el mejor
de los mundos posibles; las peripecias de un profesor demoníaco servido por un demonio
profesional; la aburrida historia de una adúltera provinciana que se fastidia y, al fin, se
envenena; las salidas locuaces e incomprensibles de un profeta acompañado de un águila y de
una serpiente; un joven pobre y febril que asesina a una vieja, y luego, imbécil, no sabe
siquiera aprovecharse de la coartada y acaba cayendo en manos de la Policía.
Me pareció comprender, con mi cabeza virgen, que esa literatura tan alabada se hallaba
apenas en la edad de la piedra, lo que me dejó desesperadamente desilusionado. Escribí a un
especialista en poesía, el cual intentó confundirme diciéndome que aquellas obras valían por
el estilo, la forma, el lenguaje, las imágenes y los pensamientos y que un espíritu educado
podía experimentar con ellas grandísimas satisfacciones. Le contestó que, por mi parte,
obligado a leer casi todos aquellos libros en traducciones, la forma importaba poco, y que el
contenido me parecía, como es, anticuado, insensato, estúpido y extravagante. Gasté cien
dólares en esta consulta, sin ningún fruto.

Por fortuna conocí más tarde a algunos escritores jóvenes que confirmaron mi juicio sobre
aquellas viejas obras y me hicieron leer sus libros, donde encontré, entre muchas cosas turbias, un alimento más adecuado a mis gustos. Me ha quedado, sin embargo, la duda de que la literatura sea tal vez incapaz de perfeccionamientos decisivos. Es muy probable que nadie,
dentro de un siglo, se dedique a una industria tan atrasada y poco remuneradora.

Anónimo dijo...

La definición de diccionario de la palabra clásico que se acomoda a esta discusión es:

Un clásico es una obra que se tiene por modelo digno de imitación.

Una definición distinta, también de diccionario, que deberíamos tener en cuenta es:

Un clásico es una obra que pertenece al período de tiempo de mayor plenitud de una cultura, de una civilización, etc.

Diré más cosas con otras cosas en otros comentarios.

Anónimo dijo...

Se me olvidaba.

Me alegra ver que ex Pedro ya es contribuyente del blog.

MoMe2Cami dijo...

No sé hasta que punto pueda tener razón este relato, debido a que siempre he pensado que, aunque entiendo que los clásicos son conciderados como tales por un concenso social y luego de la comprensión de la complejidad y reflexión de la obra así como también, acorde con la segunda definición de diccionario, cuando se entiende su acción de reflejo del momento de mayor apogeo de una cultura, al final quien concidera como clásico una obra es el lector tras la experiencia.
Es así que opino que los clásicos serán por siempre aquellas obras aclamadas por su riqueza, pero serán recomfirmadas como tales dentro de cada quien después de su experiencia con ellas.