¿Recuerdas cómo Jesús se retiró al desierto y ayunó durante cuarenta días? Al cabo de los cuales, cuando sintió hambre, el diablo se acercó y le dijo: Si eres el hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en pan. Pero Jesús no cayó en la tentación. El diablo le llevó después al pináculo del templo y le dijo: Si eres el hijo de Dios, tírate ahí abajo. Pero de nuevo Jesús resistió. El diablo le llevó después a una alta montaña y le mostró los reinos del mundo y dijo que se los entregaría si se postraba y le adoraba. Pero Jesús dijo: Apártate, Satanás. Ahí termina la historia según el bueno e ingenuo de Mateo. Pero no fue así. El diablo era taimado y se acercó a Jesús una vez más y le dijo: Si aceptas la vergüenza y el oprobio, la flagelación, una corona de espinas y la muerte en la cruz, salvarás al género humano, pues en ningún hombre cabe hallar un amor más grande que este, que un hombre dé su vida por sus amigos. Jesús aceptó. El diablo se rió hasta que le dolieron los costados, pues conocía el mal que los hombres cometerían en el nombre de su redentor.
11 de diciembre de 2008
La cuarta tentación
W. Somerset Maugham (El filo de la navaja)
3 de diciembre de 2008
Caos determinista
Ámbar, Hugo Hiriart
Corre el tren. Atrás queda la ciudad soñada por De Chirico. Déjeme que le diga que el fino tren de cuerda parece avanzar entre hierbas, puentes, estaciones, desfiladeros y montañas de juguete. Si hemos de oír alguna música será la habitual musiquilla alegre de tren en marcha (Villalobos), pero debajo de ella un crecer musical ominoso e inquietante que deforma el sentido de la melodía del trenecito...
28 de noviembre de 2008
¡Olvídalo!
¡Olvídalo!
Franz Kafka
Franz Kafka
Era la madrugada. Las calles estaban limpias y desiertas. Me dirigía hacia la estación. Al confrontar mi reloj con el de la torre comprendí que era más tarde de lo que pensaba y que debía apurarme. La impresión que me causó este retraso me hizo sentir inseguro de mi camino ya que aún no conocía bien aquella ciudad. Por fortuna había un policía cerca. Corrí hacia él y le pregunté jadeante que me indicara el camino. Se sonrió y me dijo:
-¿Quiere conocer el camino?
-Sí -dije-, no puedo hallarlo por mí mismo.
-Olvídalo, olvídalo -dijo, y se volvió con brusquedad, como alguien que quiere reír a solas.
16 de junio de 2008
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